A continuación os comparto el primer capítulo del primer volumen de la bilogía Los mundos de Yábaco. Espero que disfrutéis con su lectura.

Capítulo I: La asamblea
En el bosque del Tejo Rojo, los seres transparentes estaban sentados en círculo bajo el gran tejo rojo que los protegía con su sombra. Tres duendecillos verdes se columpiaban entre sus ramas como si fuesen monos; un anciano duende les llamó la atención.
—Clorofila está a punto de llegar; si no os portáis como es debido os expulso de la asamblea.
Los tres duendes, avergonzados, se bajaron del árbol y se sentaron.
En el bosque habitaban en buena armonía todos los seres transparentes: unicornios, duendes, hadas, elfos, ninfas y damas verdes. Rodeados de tejos rojos, tilos y de otros árboles grandiosos, los habitantes del bosque se sentían seguros.
La reina Clorofila llegó montada en su unicornio blanco. Tenía el pelo, los ojos y la piel verdes. Llevaba una túnica del mismo color y una corona formada por mariposas y luciérnagas que adornaban su cara.
Clorofila se sentó apoyada en el tronco, a la izquierda se colocaron las ninfas y los elfos; a la derecha estaban los duendes y, a su lado, cerrando el círculo, se sentaron las hadas algo intranquilas. Venían vestidas con trajes de alas de mariposa y no querían que los duendes se los estropeasen con sus atolondrados movimientos.
—¡Cuando nuestros amigos los duendes se tranquilicen empezaremos la reunión! —dijo enfadado Taricondus.
Taricondus era el duende más anciano. Lucía una barba blanca que le llegaba hasta el suelo y una verruga roja sobre su redonda nariz. La comunidad del bosque le había nombrado primer ministro por todos los servicios que había realizado para ellos.
—Esta reunión es la más importante que hemos tenido desde que se me encargó el cuidado de este lugar que habitamos. Debemos escuchar los mensajes que nos trae Albina, la maga blanca, de parte del Guardián de la Naturaleza.
Haciendo un gesto con la mano dio paso a Albina, quien se levantó pausadamente y comenzó a hablar.
—Queridos amigos, vengo en nombre del Guardián de la Naturaleza. Está muy preocupado por lo que han observado, desde su castillo de la Montaña Dorada, sus tres ayudantes, las hadas Maravilla, Cristal y Dulce. En los límites de nuestras tierras están sucediendo cambios, y le han alertado de ello. Debéis escuchar atentamente porque tendremos que tomar una decisión que puede afectarnos en el futuro.
Todos sabéis que nuestro principal problema es Dagomar, el jefe de Bakuk y de los seres oscuros. Desde que fue expulsado de nuestro bosque quiere destruir lo que nos rodea para vernos sufrir. Por eso, el Guardián protegió este lugar con dos círculos mágicos que ningún ser oscuro puede traspasar. La seguridad de nuestro bosque también está defendida por una puerta que cambia constantemente de lugar, que solo yo conozco, y que solo yo puedo abrir.
Para intentar aniquilarlos, Dagomar ha colocado a tres dragones junto al círculo exterior. Calientan constantemente con sus llamaradas las nubes de la periferia que se están evaporando por el calor. Si esto sucediese algún día, tenemos la protección del segundo círculo mágico que les deslumbraría con su luz. Los seres oscuros no pueden mirarlo pues se quedarían ciegos. Sin embargo, lo van llenando de energías negativas, y las ayudantes del Guardián han observado en él algunas sombras. Si el círculo luminoso se oscureciera y encontrasen la puerta, tanto el bosque como nosotros quedaríamos a sus expensas.
Taricondus, el primer ministro intervino:
—Los bakunianos quieren nuestro bosque porque es más hermoso que el que ellos habitan. No se dan cuenta de que este lugar es así porque los buenos sentimientos que albergan los seres transparentes contagian su belleza a los seres vegetales.
—El Guardián está preocupado. Sabe que en cualquier momento puede haber algo que afecte al equilibrio de la naturaleza y la destruya. Menos mal que el ejército de Dagomar es pequeño —dijo la reina.
—No tan pequeño —intervino Albina, la maga—, últimamente han aumentado sus seguidores.
—Majestad, creo que nuestra única solución es buscar otro lugar, y marcharnos de aquí. Me ofrezco voluntario para ir a explorar los alrededores e intentar encontrar otra tierra que sirva para nuestros propósitos. En el fondo me siento responsable de todo lo que sucede —dijo Yábaco, uno de los elfos más queridos entre los seres transparentes.
Los habitantes del bosque del Tejo Rojo no eran partidarios de luchar y menos aún los elfos.
Se oyeron murmullos; no todo el mundo estaba conforme con dejar su hogar. Taricondus, recogiéndose con la mano su larga barba para no pisársela, expuso su rechazo a la idea del elfo:
—No estoy de acuerdo con marcharme. Podemos defendernos de los bakunianos. Es de cobardes dejarles todo lo que hemos conseguido. Si quieren pelea, por mi parte, la tendrán —dijo con una voz tan atronadora que parecía imposible que hubiese salido de su pequeño cuerpo.
Cuando terminó de hablar, los demás duendes, que también estaban de acuerdo con él, lo vitorearon.
La comunidad de los duendes era muy apreciada por el resto de los seres transparentes; a base de esfuerzo y trabajo habían conseguido construir, dentro del bosque, una pequeña ciudad formada por setas gigantes. Los duendes se agrupaban por colores: estaban los barrios rojos, verdes, azules, amarillos y morados, en donde habitaban los duendes que tenían ese mismo color. Lo mismo ocurría con las flores que los adornaban. Estas colonias les encantaban a todos, estaban orgullosos del trabajo realizado por los duendes, y estos no estaban dispuestos a regalárselas a sus enemigos.
Los que estaban allí reunidos se enredaron en una discusión que parecía no tener fin.
—Creo que estáis en un gran error; si luchamos contra ellos, en la batalla aflorarán el odio, la venganza, el miedo y el rencor, sentimientos que nunca habíamos tenido. Dejaríamos de ser seres transparentes y nos convertiríamos en seres oscuros como los bakunianos. Aunque les venciésemos, nuestro bosque desaparecería ahogado por el peso de nuestras malas acciones. No, no es de cobardes marcharnos, al contrario, demostraríamos un gran valor dejando lo que tenemos para evitar que todo se destruya —insistió el elfo.
Todos se dieron cuenta de que Yábaco tenía razón.
Clorofila, la reina, también estaba de acuerdo con él. Su naturaleza le impedía entrar en guerra y pensaba que la mejor idea era la que ofrecía su elfo favorito.
—Albina, ¿tú que propones? ¿Qué debemos hacer? —le preguntó, viendo que no se llegaba a ningún acuerdo.
—Su idea me gusta; yo también soy partidaria de buscar otro lugar y alejarnos de los seres oscuros. Si nos lo proponemos, podremos convertir el lugar más feo en otro maravilloso y lleno de vida —respondió Albina.
Yábaco volvió a hablar:
—Clorofila, si confías en mí, solo necesito a alguien dispuesto a acompañarme para que mi viaje sea menos peligroso.
—¿A quién elegirías para esa misión? —le preguntó.
—Me gustaría que se uniera a mí Sutuar, tu unicornio. Necesito alguien con quien compartir la soledad; he pensado que juntos podríamos llegar más lejos y buscar más territorios. Además, ante un peligro, él es el ser más rápido, podría desaparecer sin que le causasen el menor daño.
Clorofila y Sutuar nunca se habían separado y él relinchó nervioso varias veces. El unicornio sabía que, de todos los habitantes del bosque, era uno de los seres más especiales. Los unicornios del bosque del Tejo Rojo podían volar, vencían todos los hechizos, detectaban las plantas venenosas solo con olerlas y cantaban canciones a los seres transparentes que dañaban los oídos de los seres oscuros.
Al cabo de unos minutos ya había aceptado en silencio que lo acompañaría.
Clorofila, antes de tomar una decisión, habló a los que estaban allí:
—Queridos amigos, Albina, Taricondus y yo nos reuniremos ahora. Mañana, cuando aparezca el primer rayo de sol entre los árboles, os diremos lo que hemos decidido.
La reina, el primer ministro y la maga blanca se quedaron en el palacio real, situado en lo alto de una suave colina rodeada de flamboyanes, cuyas flores tenían unas tonalidades de color que variaban entre el rojo, naranja y amarillo. Era como una puesta de sol permanente.
Clorofila mandó que les trajesen fruta, miel, galletas de nueces y unas infusiones de té para mantenerse despiertos. Después de cenar, les habló:
—Amigos, creo que la propuesta de Yábaco es muy razonable. Si luchamos, este lugar se destruirá bajo la influencia de los sentimientos oscuros que aparecerán en la batalla; las hadas, los elfos, las ninfas y nosotras desapareceríamos. En un bosque dominado por la maldad no tendríamos razón de ser y nuestros espíritus volarían a otros lugares sin saber si podríamos reunirnos de nuevo alguna vez. ¿Y los duendes?… Si os descubriesen, os convertirían en sus esclavos. Los bakunianos saben que vosotros sois muy trabajadores —dijo mirando al primer ministro.
—Taricondus, ¿sigues siendo partidario de plantarles cara a los seres oscuros? —le interrumpió Albina—. Creo que la idea de Yábaco es buena; hablaré con el Guardián, estoy segura de que él le ayudará en todo lo que pueda para encontrar un lugar adecuado. Los seres oscuros se quedarían aquí y no nos molestarían más.
Taricondus, que era muy cabezota, como todos los duendes, no podía creer lo que estaba oyendo.
—Albina, ¡cómo es posible que pienses que alguna vez nos van a dejar tranquilos! Dagomar guarda tanto resentimiento que nos seguirá allá donde vayamos.
—¿Qué quieres? ¿Que este bosque maravilloso caiga en su poder y lo destruya como hace con todo lo que toca? —le preguntó Clorofila—. Albina te está diciendo que la mejor solución es buscar otro sitio para vivir tranquilos. No estamos huyendo, estamos protegiendo nuestro bosque. Estoy segura de que el Guardián nos lo agradecerá infinitamente.
—Tendríamos que marcharnos de aquí sin que nadie de Bakuk se diera cuenta de que lo hacemos ni hacia dónde vamos. Para eso, el Guardián y yo buscaríamos alguna solución —comentó Albina.
Taricondus se quedó pensativo, pero al final, dijo lo que ellas querían
oír.
—Si estáis seguras de conseguir que no nos sigan, yo también votaré por la idea de Yábaco —murmuró entre dientes.
