Para terminar la bilogía, aquí tenéis el 1er capítulo.
Yábaco y sus amigos vuelven a la tierra de los humanos, pero se encuentran con un mundo que no se esperaban.

Capítulo I: La traición
El galope de los caballos resonaba mientras se abrían paso entre los árboles y la maleza del bosque. La noche, sin luna, solo se iluminaba con las chispas que producían las herraduras al rozar las piedras que había entre los matorrales.
Una espesa niebla se iba extendiendo según avanzaban los seis jinetes. Vestidos con ropas oscuras, galopaban e hincaban las espuelas en los costados de las cabalgaduras. Uno de los jinetes llevaba un corte muy profundo en la cara que le sangraba abundantemente, y otro, casi un niño, les seguía intentando reprimir sus sollozos.
Tenían que llegar al lugar indicado antes de que amaneciese, esa era la orden. Las caras tiznadas con carbón y tapadas con capuchas caladas hasta la frente les mantenía en el anonimato. Nadie en ese momento hubiera sido capaz de reconocer a ninguno.
Cada vez les tenían más cerca, estaban buscándolos. Escucharon las voces de los soldados del conde y los ladridos de los perros que los acompañaban. Desmontaron para no hacer ruido y avanzaron a pie hasta el lugar convenido, las ruinas de una torre que había servido de vigía antes de construir la fortaleza de Juverlania.
—¡Estornino!, ¡haz la señal ya!, recuerda, solo tres veces.
El Estornino emitió un sonido muy parecido al de un búho tal como
le ordenó el jefe.
—Uuuh, uuuuuh, uuuuuh.
De entre las sombras, con mucho sigilo, salió un caballero enmascarado.
—¡Contadme qué ha ocurrido! ¿Qué ha pasado con los condes y con los soldados que los acompañaban? —preguntó el caballero.
Señor, todo ha salido como acordamos, aunque uno de los nuestros ha muerto atravesado por la espada de los soldados.
—Son los gajes de vuestro oficio —dijo el enmascarado sin demostrar un ápice de compasión—. Y, ¿entonces?
—Todos muertos señor.
—Está bien; tomad lo convenido. No quiero veros por aquí en mucho tiempo. Nunca deben relacionaros con la muerte de los condes. Mi señor me ha ordenado volver rápido. No deben echarme en falta en el castillo. y ya está clareando ¿Dónde están los cuerpos?
—Tardarán en encontrarlos —contestó el bandido.
—De acuerdo. Si os vais de la lengua no tendréis lugar en donde esconderos. Os encontrará de cualquier manera.
—Descuide, señor. Nosotros somos los más interesados en desaparecer.
Los seis jinetes salieron a galope en dirección opuesta a Juverlania. Mientras, el caballero montó en su caballo y silenciosamente regresó al castillo aprovechando la confusión que allí reinaba.
Benjamín, casi un niño, seguía llorando. Su padre le había dicho que le esperase escondido detrás de unos arbustos mientras ellos iban a cazar jabalíes. Si los acompañaba, podría espantar la caza. Pero no habían cazado jabalíes sino personas y, ahora, su padre estaba muerto. ¿Qué iba a ser de él?
Amanecía.
… Años después
