
Bea acababa de llegar de un excitante viaje desde el centro de África. Ella era la mejor amiga de la madre de Guille y Pablo, y estos sabían, con seguridad, que les traería un regalo.
Por fin, una tarde fue a verlos con un paquete bastante grande. Ellos tenían mucha gana de ver de qué se trataba y se fueron a su habitación a abrirlo mientras su madre y Bea se quedaban hablando de las aventuras que esta última había vivido en ese continente, tan extraño y lejano para ellos.
De repente, los niños volvieron gritando muy alborotados, con los ojos desorbitados, y con una figura dentro de la caja que le devolvieron a la amiga.
—Mamá, no nos gusta para nuestra habitación —expuso Guille muy agitado—. Seguro que si la colocamos en la estantería vamos a tener unos sueños terroríficos.
—¡Qué miedica eres!! —replicó la madre—. A ver, déjame que la vea.
Mayca se acercó a la caja y dio un respingo al ver la figura que había dentro. Nunca había visto nada tan feo.
—¡Qué exagerados sois! En Bulubanda esta figura trae buena suerte al que la tiene y protege de los malos espíritus —les dijo Bea.
—Pues yo creo que es la figura de un espíritu maligno —añadió Pablo casi temblando.
—Mirad, vosotros hacedme caso. Colocadla en la estantería blanca y si empezáis a tener pesadillas, me la llevo y se la regalo a mis sobrinos.
Eso de que un regalo que era para ellos, fuese a parar a manos de otros niños no les gustó nada ni a Guille ni a Pablo y entonces respondieron:
—Vale, vamos a probar, pero esta noche solo; mañana te llamamos y te decimos cómo nos ha ido.
Esa noche, la mamá colocó al brujo en la última leja, un poco metido hacia dentro para que no la viesen desde la cama, pero aun así sabían que estaba allí.
El brujo estaba tallado en piedra oscura, tenía los ojos cuadrados y grandes como si llevase unas gafas de bucear puestas, la nariz era muy ancha, con un aro enganchado en ella que hacía juego con los que le colgaban de las orejas; los aros debían de ser muy pesados; la boca le llegaba hasta las orejas, sus dientes eran tan largos como colmillos, y los de arriba encajaban con los de abajo como si se tratase de un perro de presa. El pelo, de punta, estaba hecho con fibras de palmeras o de árboles africanos. En el cuello llevaba un collar de huesos, que Pablo aseguraba que eran de niños pequeños que el brujo había matado y luego se había comido. Estaba sentado y tenía sujeto en una mano un hacha y en la otra una lanza con plumas de colores.
—Guille, ¿y si ese collar está hecho con huesos de niños? —preguntó Pablo.
—Oye, si empezamos así, esta noche no vamos a pegar ojo; ¡a dormir¡ —exclamó Guille enfadado con su hermano pequeño.
A pesar del miedo, como habían jugado al futbol estaban muy cansados; al poco rato los dos pequeños se quedaron dormidos.
Al día siguiente, se levantaron como si nada; habían dormido bien y se les olvidó que en su habitación, en la última leja, había un brujo.
Pasaron los días y llegó la noche de Halloween. En casa de Guille y Pablo hicieron una fiesta; todos sus amigos fueron disfrazados, algunos de esqueletos, de brujas, de momias, etc… Su madre les había preparado un disfraz de fantasma y había llenado el jardín de calabazas con velas dentro. Estuvieron jugando con sus amigos hasta que se hizo muy tarde y cada uno volvió a su casa. Subieron a su habitación y se durmieron enseguida.
Un ruido y un viento helado despertó a Guille: se había abierto la ventana. Tenía frío, así que intentó, a tientas, buscar las zapatillas para levantarse a cerrarla. De repente se quedó helado, pero no por culpa del frío sino al ver que el brujo de su estantería se había convertido en un hombre de verdad. Él había abierto la ventana, y por ella estaban entrando los brujos y hechiceros más terribles que os podéis imaginar, todos con las caras pintadas, con uñas larguísimas, y llenos de argollas, tanto en las manos como en los tobillos. Algunos llevaban pieles de animales como vestido, y todos tenían lanzas, hachas y otras armas por el estilo. Guille empezó a temblar aunque cerró los ojos para que no se diesen cuenta de que los había visto.
—¡Qué no se despierte Pablo!, ¡que no se despierte Pablo! —repetía en silencio. Sabía que si lo hacía, no podría aguantar el miedo y empezaría a chillar como un loco.
En medio de la habitación había una marmita muy grande, y un hechicero que parecía el jefe de todo el grupo, moviendo un líquido asqueroso que olía a podrido. Se pusieron a danzar alrededor de la olla un baile horrible a la vez que cantaban. ¿Y sus padres?, es que no oían el escándalo que había en su dormitorio.
En ese momento, Pablo se despertó, y al ver a los brujos en su habitación, pasó lo que Guille había temido, gritó tan fuerte que los hechiceros se pararon y dejaron el baile. Parecía que se habían enfadado bastante. Fueron con los cuchillos levantados hacia donde estaban las camas de los niños. Los dos estaban tan aterrorizados que empezaron a llorar, a chillar y a llamar a sus padres, pero ellos no se enteraban de nada aunque estaban en la habitación de al lado. De repente, el reloj del salón empezó a dar las campanadas, los brujos se quedaron quietos al escucharlas , como si estuviesen hechos de humo y polvo, salieron por la ventana que se abrió sin saber cómo. El hechicero volvió a su lugar anterior, y todo quedó en calma. Halloween había terminado.
—¡Guille!, ¡nos hemos librado por poco! —dijo Pablo secándose la cara con las manos, temblando todavía. ¿Crees que nos hubieran matado?
—Hombre, en la olla iban a cocer a alguien ¡Qué cosa tan terrible podía haber pasado!
—¿Tú crees que si se lo contamos a alguien nos van a creer?
—Pablo, mejor, no se lo digas a nadie. Pensarán que estamos locos. De todas formas, esto no va a volver a pasar —le dijo Guille tranquilizándole. Cogió la figura del brujo, la tiró contra el suelo haciéndola mil pedazos, y después la envolvió en un papel. Al día siguiente, al ir al colegio, la tiró a un contenedor.
En clase, los dos hermanos estuvieron muy nerviosos hasta que poco a poco se fueron tranquilizando. Cuando volvieron a casa le dieron un beso a su madre y fueron directamente a su habitación, no querían pensar que estuviese allí la marmita o alguno de los hechiceros que habían visto la noche anterior.
—¡Menos mal!, no hay nadie —dijo Guille y dejó la mochila tranquilamente encima de la cama.
—¡Mira Guille! —exclamó Pablo señalando la estantería. Allí estaba la figura del brujo otra vez. Al verla, salieron corriendo hasta el cuarto de estar.
-¡Mamá, mamá!, hay un brujo en nuestro dormitorio —gritaron con desesperación.
—Pero, claro, si es el que os trajo Bea de su viaje por África.
Los dos niños, mirándose en silencio, se sentaron sin fuerzas en el sofá, por ahora estaban tranquilos, pero cuando sus padres se fueran al cine, como tenía planeado, cogerían al brujo y lo tirarían al contenedor de nuevo.
Así hicieron, esperaron a que salieran de la casa, y cogiéndolo con mucho cuidado, lo tiraron a la basura.
Volvieron a su casa, despacio, con el corazón que se les salía por la boca ,pero satisfechos por haberse quitado un peso de encima.
Juanita, la asistenta ya les tenía preparada la cena.
- Cuando terminéis os laváis los dientes y os vais a la cama— les dijo. Vuestros padres volverán enseguida.
Hasta mañana. ¡Portaos bien!
Juanita salió con la bolsa de basura como hacía todos los días. Se acercó
al contenedor y al abrirlo escuchó el sonido salvaje de los tambores de la selva y el de unas argollas arrastrándose por el suelo. Una mano sucia y pestilente apareció de repente y, tapándole la boca, para que no gritase, la arrastró al interior.
Desde entonces nadie conoce el paradero de Juanita.
Dibujo por Guillermo Martínez Ortiz.
