Jesús, tu mejor amigo.

Autor : anónimo.

Contado por el padre franciscano Francisco Martínez Fresneda en una homilía.

Se dice que cuando los pastores se alejaron y la quietud volvió, el Niño del pesebre levantó la cabeza y miró la puerta entreabierta. Un muchacho joven, tímido, estaba allí, temblando y temeroso.

—Acércate —le dijo Jesús— ¿Por qué tienes miedo?

—No me atrevo, no tengo nada que darte.

—Me gustaría que me dieses un regalo —dijo el recién nacido— (Jesús, como era Dios, podía hablar).

El pequeño intruso enrojeció de vergüenza y balbuceó:

—De verdad, no tengo nada. Nada es mío, si tuviera algo, algo mío, te lo daría.  Mira.

Y buscando en los bolsillos de su pantalón andrajoso sacó una hoja de cuchillo herrumbrada que había encontrado.

—Es todo lo que tengo, si la quieres, te la doy.

—No—contestó Jesús— guárdala. Querría que me dieras otra cosa. Me gustaría que me hicieras tres regalos.

—Con gusto —dijo el muchacho—, pero… ¿qué?

—Ofréceme el último de tus dibujos.

El chiquillo, cohibido, enrojeció. Se acercó al pesebre y, para impedir que María y José lo oyeran. Murmuró al oído del Niño Jesús:

—No puedo…, mi dibujo es horrible…, ¡nadie quiere mirarlo!

—Justamente, por eso lo quiero, siempre tienes que ofrecerme lo que los demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además quisiera que me dieras tu plato.

—Pero… ¡lo rompí esta mañana! —tartamudeó el chico.

—Por eso lo quiero. Debes ofrecerme siempre lo que está quebrado en tu vida, yo quiero arreglarlo. Y ahora —insistió Jesús—, repíteme la respuesta que le diste a tus padres cuando te preguntaron cómo habías roto el plato.

El rostro del muchacho se ensombreció, bajó la cabeza. Avergonzado y, tristemente, murmuró:

       —Les mentí. Dije que se me cayó de las manos, pero no era cierto. ¡Estaba enojado y lo tiré con rabia!

—Eso es lo que quería oírte decir —dijo Jesús—. Dame lo que hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías, tus crueldades. Yo voy a descargarte de ellas. No tienes necesidad de guardarlas. Quiero que seas feliz y siempre voy a perdonarte tus faltas. A partir de hoy me gustaría que vinieras todos los días a mi casa.

Y así el Niño Jesús se hizo amigo de aquel niño que fue a visitarle al portal.